SOÑAR ANTES DE CONTEMPLAR. LOS LUGARES DE EVA DÍEZ. 

David Barro Dice Gaston Bachelard que, antes de cualquier otra cosa, es necesario comprender la utilidad psicológica del espejo de las aguas y que el agua sirve para naturalizar nuestra imagen, para concederle algo de inocencia y de naturalidad al orgullo de nuestra íntima contemplación. Por supuesto, pensamos en Narciso y en su imagen especular. El reflejo como interiorización, pero también como infinitud. Porque la imagen especular es el umbral del mundo visible y el espejo no retiene nada más allá del anhelo de quienes nos contemplamos, reflejados en él. Eva Díez recoge esas ideas para extrapolarlas a la inmensidad de una serie de paisajes en su serie de fotografías Lugar de ausencia. En ellas una elemental casa de espejo refleja un vacío que paradójicamente todo lo llena. Un vacío capaz de contener el paisaje que la rodea. Pero esconden el mismo silencio, pleno. De aire cansado, las casas respiran desde la luz interior, que se torna poética y misteriosa en tanto que se nos impide el acceso a ese interior. Hay algo de desarraigo, pero también de evocador. La luz, en ocasiones dorada como un fondo de Giotto, en otras escondida en forma de vacío, pero también en algunos casos reflectantes como un espejo. Ambas series no caminan tan distantes como podría parecer. En ambas la luz absorbe la emoción y se proyecta desde el interior revelando lo poético, una experiencia poética que para Bachelard debe ser puesta bajo la dependencia de la experiencia onírica.  Como en los sueños, en estas series el tiempo se suspende en una suerte de ruina o ausencia abismal. También el espacio se deriva. Máxime en esta última, que se acerca al concepto de heterotopías que definió Foucault, divididas por el espejo. El espejo es una utopía, porque es un lugar sin lugar. Podríamos indagar en la propia historia del arte y advertir cómo muchos artistas procuraron esa posición. Pienso sobre todo en los Mirrored Cubes de Robert Morris, cubos que se reflejan unos a otros, pero también reflejan el espacio y a quien los mira y rodea. Para Morris el contexto crea una dependencia con el objeto y al contrario. Es una relación reversible. El minimalismo modificará la experiencia perceptiva del espectador, que ya no observa y sí comparte; el espacio y las relaciones con ese objeto definen el significado. En el caso de Eva Díez es una casa esquemática, ascética al tiempo que reflectante. La casa como forma simbólica de representar el mundo y el hogar como un territorio de incertidumbre o naturaleza quebradiza producto de una luz que desvela la fragilidad de nuestra mirada, y su estado de tránsito. La ruina de sus espacios oscuros es aquí brillo reflectante, perfecto, impoluto. Lo interesante de estas fotografías es su capacidad para abrazar el paisaje al tiempo que oculta algunos detalles claves de la imagen, pero también ese lirismo poético que nace de la contemplación de la casa y el agua como un acto de disolución, eso que Bachelard describe como lo viscoso que bloquea el placer onírico. El filósofo los denomina “sueños blandos”, que nos llevarían al conocimiento de una imaginación intermediaria entre la imaginación formal y la imaginación material. Sueños que toman su forma y se pierden.  En Lugar de ausencia los escenarios continúan siendo vacíos, pero ya no semejan derrotados, se monumentalizan de otra manera, se construyen en una suerte de realismo que paradójicamente enfatiza el carácter ficticio de la imagen. En estas construcciones mínimas se abraza lo virtual en un ejercicio de equilibrios perceptivos que mantiene una tensión entre el arte y la vida. Una suerte de arquitecturas o esculturas de espejo, auténticos palíndromos visuales capaces de dirigir nuestra mirada en múltiples direcciones para generar zonas enigmáticas y fisuras perceptivas en quien trata de aprehender el paisaje con la mirada. Los espacios se descubren, pero también se pliegan, el ejercicio poético le permite activar su espacio circundante. Es entonces cuando todo flota y como espectadores nos abandonamos a un viaje interior, especulativo, donde importa el encuadre, pero también lo que se interrumpe, lo que queda fuera y desequilibra para provocar una fisura en la percepción de quien la mira. El contraste entre lo que la luz golpea y lo que abandona, nos revela claramente la importancia de la luz a la hora de trabajar las texturas visuales.  La imagen de una máquina de escribir y una frase que acaba de ser escrita en una hoja donde pone “El Centro es un lugar desierto” nos ofrece una clave fundamental.  Debajo de esta reza “Valente”, un poeta que ha sabido merodear como pocos por las palabras. En un homenaje a Klee, el poeta escribe lo siguiente: “El paisaje retiene alrededor del pez inmóvil toda la luz del fondo no visible”. La preocupación por la luz, el paisaje y la memoria son claves compartidas por la fotografía de Eva Díez. Una luz remota, entre la desolación y la ausencia, entre la tiniebla y el espejo, que siempre ha estado presente en su trabajo. Cierto es que este ha cambiado y si miramos de un modo atento su trayectoria, advertimos cómo la artista se ha alejado de tentaciones expresionistas en su factura. Continúa trabajando inquietantes estados de suspensión, de una manera escenográfica e incierta en su relación con el espacio y el tiempo, pero el color ahora se contiene y el lirismo se ha vuelto más exigente. Su mirada continúa siendo pictórica, pero con el tiempo se ha vuelto menos saturada. En otras palabras, diría que su obra tiende a lo esencial sin abandonar la emoción plástica. Por supuesto, esto es posible porque se asienta en su condición poética, entre lo real y lo construido, entre lo que se cuenta y donde el decir es imposible. Es ahí donde su trabajo se abre a nuevas posibilidades de sentido, donde esconde la fascinación del enigma.  Pienso, a modo de conclusión, en el gesto iniciático de Giuseppe Penone que dio lugar a su obra Rovesciare i propriocchi. En 1970 Penone se cegó con unas lentillas de espejo que, colocadas sobre el ojo, indicaban el punto de división, de separación de lo que le rodeaba. “La facultad de ver se difiere en el tiempo y la posibilidad de ver en el futuro las imágenes que los ojos han recogido en el pasado se confía al dudoso resultado de la grabación fotográfica”, dirá el artista. También Eva Díez nos ciega con la incertidumbre de no poder acceder a la imagen. Sus casas, como las lentillas de Penone, reflejan el paisaje que nos rodea. El paisaje se dilata y deviene materia de pensamiento. Si el agua es memoria y olvido y como el espejo es un elemento ambiguo a la vez que poético, como el hogar, entenderemos que estos lugares de ausencia de Eva Díez desafían al espectador al asentarse sobre la incertidumbre.