«Una lámpara encendida tras la ventana vela el corazón secreto de la noche» Gaston Bachelard
Así da comienzo un poema del francés Arthur Rimbaud titulado “Entre les murs”, unos versos escogidos por Gaston Bachelard en su Poética del espacio (1957) para referirse a la casa como el palacio ancestral del reino de la imaginación. En este lugar cargado de referencias sobre el concepto inmemorial del hogar, la luz que emana a través de la ventana es el símbolo de la gran espera, el ojo que vigila en la perenne calma de la noche, una estrella prisionera prendida en el hielo del instante (Christiane Barucoa).
Para Eva Díez, la luz es también un elemento con carácter propio, una realidad de múltiples matices que abre una puerta a la esperanza en un mundo que se ahoga. Para ella, la luz es valentía y fuerza, es un símbolo atávico de renovación, de renacimiento, el destello que finalmente triunfa al enfrentarse a las tinieblas.
Por eso, como una feliz casualidad, la artista inaugura “El corazón secreto”, su primera exposición individual en La Gran, coincidiendo con el solsticio de verano, la fecha de eclosión de una nueva etapa. Se hace difícil creer en el azar cuando –casi mágicamente– las fotografías de la viguesa se revelan en el instante preciso, el momento justo de la caída del sol en el día más largo del año, conformando un crepúsculo eterno de la misma forma que sus piezas.
En este terreno de lo profético, se ha insistido en el carácter intuitivo del trabajo de la artista, que se puede identificar como fotopoético. Se trata de un proceso lento, de descubrimiento, derivado de la creación de fuertes vínculos emocionales con los elementos que retrata a través del objetivo de su cámara.
Por este motivo, las referencias a la ensoñación poética de Bachelard son frecuentes, teniendo en cuenta la simbología del hogar como una metáfora plástica de nuestro inconsciente, un estímulo para la memoria y la imaginación. Es así que, sin importar su ubicación, las casas deshabitadas que Eva Díez captura mediante el acto fotográfico se transforman en mausoleos imperecederos, restos de una vida pasada que se aferra tenaz a sus paredes, como esperando renacer. En un acto casi de ternura, la artista devuelve la luz del hogar a su interior, retornando por un instante a un tiempo remoto mediante la insinuación velada de la presencia humana entre las grietas de la ruina.
Así, en la intimidad del hogar, entre los muros del refugio, la casa termina convirtiéndose en un autorretrato de la artista –o de nosotros mismos–, como un espejo donde encontrarnos reflejados en nuestra soledad contemplando la noche dormida por primera vez.
El corazón secreto de la noche
Sara Blanco





